Entre Líneas, el personaje
Entre Líneas es un personaje cuya vida ha transcurrido según los designios marcados por su autor, culpable de sus gracias y sus desgracias. No quiero decir que todo lo ocurrido durante estos dos años a EL sea fruto de la invención del creador, una parte importante de lo narrado se basa en experiencias personales es decir, forma parte de lo vivido y, sobre todo, de un cargamento de sentimientos. A esas vivencias les he dado muchas veces, o se ha quedado en el intento, un tono literario o novelesco según me marcase el humor del día en que escribía. De ahí que me haya sido imposible disimular mis estados de ánimo o desánimo. Desde hace algo más de un mes Entre Líneas, el personaje, entró en coma profundo del que le va a ser muy difícil recuperarse. El autor, su creador es decir, yo en cambio, tengo un pacto con la madre naturaleza consistente en que ella se comporta generosamente conmigo a cambio de que le haga el amor todos los días. Ese compromiso sigue funcionando a día de hoy a la perfección lo que me ha permitido “acabar” con EL y crear un nuevo mundo con otro protagonista. A ese mundo han acudido todos los que necesitaban las palabras del autor. A fin de cuentas me gusta dar a quién, de alguna manera, me necesita y no a aquellas y aquellos a los que les sobran aduladores, aduladoras, “calientabites”, babosos y similares tan prolijos en este mundo de las páginas personales. A esos y esas les pido sinceramente perdón. Perdón por haberles dado más de lo que necesitaban de mí.
Cuenta atrás...
Iba a necesitar algo más que endorfinas para mejorar un fin de semana horrible. Debía darse prisa porque sus fines de semana siempre acababan el domingo por la mañana, justo antes de quedarse dormido ante el televisor para despertar en el tedio de la tarde. Pensó que la mejor solución era ir al gimnasio y ver si acababa por reventar el corazón antes que el cáncer, que avanzaba rápidamente por su espacio virtual, acabase con EL. Agarró los mandos de la máquina como si fuese el volante del vehículo con el que iba a hacer su último viaje aquél que le ayudaría a superar los límites del dolor que le oprimía el alma. Puso al máximo el nivel del aparato, veinte, un esfuerzo al que nunca se había sometido. Aquello era un reto a muerte.
“Prefiero que me mate el corazón antes que lo haga lentamente un maldito tumor”
Dio un paso. Luego otro. Otro más. Y otro. Sus piernas empezaban a vencer la resistencia de la máquina.
“Adelante, siempre adelante. No pares ahora”
Apretó las mandíbulas y las venas se evidenciaron en el cuello, aunque extrañamente no oía ni sentía su corazón.
“Muerto, estás muerto. Y a mí me has dejado vivo”
Apareció, entre un fogonazo de luz, el primer recuerdo de Ella. Su nombre o mas bien, su alias. El bombeo de la sangre desde un corazón inerte era el único sonido que percibía. Las piernas, perdidas en una frenética carrera, eran lo émbolos que escupían la sangre a las arterias en un circuito cerrado al corazón, impidiendo que adquiriese el color rojo de la vida, transmutándolo en un mortecino violeta. Un parking, el primer beso que le pidió antes de cruzar la puerta de la habitación del hotel donde hicieron el amor por primera vez con una entrega que pareció la última. Como lo hicieron siempre, como si renunciasen a una próxima vez. Hoy, siete años después, trata de recordar cuál fue la última vez que le dijo que la quería. La rabia se apodera de EL al tener que buscar la respuesta en su memoria.
“No la encuentro, no la encuentro. No te encuentro”
Un sudor frío baña su cara mezclándose con el calor de unas lágrimas que ahogan sus recuerdos bailando en el quicio de sus ojos. No ve. No recuerda. No siente. Está al límite y su corazón sigue ahí, impasible.
“¡¡ Late cabrón. Late de una puta vez!!”
Su corazón se rebelaba a un solo pálpito que no fuera el estrictamente necesario para mantener con vida el amasijo de carne y fluidos, violáceos y blancos, en que se había convertido. No pudo más… La máquina paró en el tránsito que va de un trece a un catorce de abril condenando a EL a una extinción lenta en una cuenta atrás que terminaría cuando cayese el último recuerdo de su página.
Alcanzando la Nada
Una vez en lo alto de la montaña el hombre reflexionó sobre la utilidad de su proeza. Estaba solo allí arriba y, a pesar de haber llegado a la cima, seguía siendo tan inalcanzable para los demás como los demás para él. Miró hacia arriba contemplando el camino que aún le quedaba por recorrer, esta vez sin posibilidad de ayudarse en los salientes de la ladera para escalar. Un cansancio mortal se apoderó de su alma y decidió quedarse ahí, en esa cumbre que tanto tiempo y esfuerzo le había costado descubrir. Se quedó ahí, para siempre, en medio de la Nada.
Entre círculos
Inexorablemente existe un final porque antes hubo un principio. Ese hecho que nos parece incuestionable, no lo planteamos a la inversa es decir, que existen principios como resultado de que antes tuvimos finales. La consecuencia principio-final también se da en el binomio final-principio, dándole a nuestras vidas un movimiento circular que no llegamos a romper ni en el momento de morir. Nace una vida porque alguien antes murió. Empieza un día porque antes hubo noche. Comienza un amor porque se acabó otro. Y así sucesivamente. Principio y fin, fin y principio acaban confundiéndose en algo que transita concéntricamente sobre pasos que ya se dieron. Nosotros, tan dados a etiquetarlo todo y para evitar el pánico que nos produce viajar en círculos, le cambiamos el nombre al Final denominándolo Recuerdo. Así que ya sabéis que este “entrelineado” no es recto, es el perímetro de una circunferencia al que, muy pronto, le cambiaré el nombre, transportando como equipaje algo que muchos antes que yo se llevaron.
Luis Manuel Ferri Llopis (su nombre artístico era Nino Bravo), (Ayelo de Malferit, Valencia, 3 de agosto de 1944. Partió un 16 de abril de 1973). Cantante español.
Santa Semana
Estaba tan ricamente dormitando tras mi portátil en el despacho cuando, de repente, entró el Director Financiero de la empresa visiblemente azorado.
- ¡! Tienes que ayudarme ¡! – dijo casi sin aliento y sin reparar que no había dejado saludo alguno.
- ¡¡¿Cómo?!! ¡¿”Ayudar yo”?! – respondí levantando la cabeza del teclado visiblemente molesto por la interrupción de mi descanso - ¡ ¿Pero no ves qué estoy en una actividad muy delicada?!
- ¡!Venga, no me jodas¡!¡!Que como no lo solucionemos en las próximas veinticuatro horas, tu y yo nos vamos al paro…¡!
“¡! Al paro –pensé yo sin intentar disimular una sonrisa que se dibujaba en mi cara- ¡¿Y qué es lo qué intento hacer todos los días desde que estoy aquí…?¡!”
- ¡! Sí, al paro, pero al no “subsidiado” cabroncete ¡! –
El director de los “eurillos” parecía haberme leído el pensamiento. No obstante volví a intentarlo.
- ¿Pero no te has dado cuenta que mi neurona está fundida, al borde del colapso creativo? Tengo que reservarme para la Semana Santa, sino no podré colocar ni un solo escrito en “Entre Líneas” – Y se me iluminó la cara como si se me hubiese ocurrido la solución mágica- ¿Y por qué no se lo dices a Mireia ?(la otra abogada de la empresa)
- Déjate de “collonades” (en castellano sería algo así como “cojonadas”) que sabes que ayer dio a luz y no creo que hoy esté en condiciones… - le corté su argumentario presa del pánico al verme laboralmente acorralado.
- ¡!¿Cómo que no?¡! ¡!¿Y eso de la “Ley de Igualdad”?!¡ ¡!Pues bien empezamos si ya la incumplimos por la tontería esa de que ha parido!¡ ¡Que un parto no es una enfermedad, entérate!
Lo dije con tanta convicción que hasta yo mismo me lo estaba creyendo. Pero no llegué a calar en el corazón, que seguro estaba hecho del vil metal de las monedas de céntimo, del director financiero ya que, inmune a mis palabras había desplegado sobre mi impoluta mesa, una cantidad enorme de papeles con el inconfundible sello del papel del estado, ese que utilizan los notarios para las escrituras públicas. La dispersión de papeles en mi mesa y un rápido cálculo sobre los años de cotización a la Seguridad Social que me quedan para jubilarme, paro incluido, me convenció que el único camino posible que tenía en aquél momento era colaborar con el “enemigo”. Empezamos a las nueve y media de la mañana de un jueves veintinueve de marzo y acabamos, bueno, acabé doce horas mas tarde con un fuerte dolor de cabeza consecuencia de los golpes que mi neurona a buen seguro se estaría dando en la vacuidad interior del cerebro. Acabé exhausto y no era eso lo peor. Lo mucho peor es que, al día siguiente, treinta de marzo, viernes y final de trimestre -todos sabemos que el mundo se acaba invariablemente cada trimestre- tenían que estar todos los documentos perfectamente revisados para que no se planteasen problemas a la hora de firmarlos en la notaría. Y la operación planteada era enormemente compleja (para qué me voy a ir con falsas modestias) por lo que no os aburriré con más detalles. Después de cuatro horas en la notaría, cogerle diez gazapos en las escrituras al titular de la misma (con gran regocijo por las partes del director general de la compañía y por las mías propias) se firmó todo lo que había que firmar sin mayores contratiempos. Saliendo del despacho del fedatario semipúblico fui felicitado por el “amo” de las finanzas y por el “mandamás” de la Empresa, ignoro si por la virgería laboral realizada o asombrados porque no creían que la operación se pudiese realizar en tan pocas horas. No me quedó tiempo para sonreir y corresponder a las felicitaciones. Lo único que mi mente acertó a coordinar fue la respuesta a las palabras que, sonriendo, me largó el director financiero.
- ¡Si es que tú solo funcionas bajo presión! ¡Marchoso, más que marchoso!
- ¡¡ Hijo de p…!! (pppppppppppppiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii)
Ya en la calle me encontré con treinta euros en la acera, un billete de veinte y otro de diez doblados. Pensé, o hice algo parecido a eso, en mi buena suerte aunque aquella tarde, ni al día siguiente iría al gimnasio. Tampoco pintaban bien las cosas para la semana siguiente así que me iba a quedar sin escribir sobre “la morena de ojos negros” hasta que encontrase a la neurona que había perdido en aquella notaría.
Muscular y ligar, todo es empezar (II)
Se han producido novedades interesantes en el que he denominado, “juego de seducción entre músculos”. No, no es que haya abordado a la interfecta en un descanso de mis abdominales o que me haya roto una lumbar delante de ella para llamar su atención. No es nada de eso porque, la verdad es que no me veo, a mis años, un “ligón de gimnasio” al modo y manera del típico “ligón playero”, ni mi deseo llega hasta el extremo de tener que romperme la columna vertebral. La cosa, es decir, el abordaje, tiene que parecer una cosa natural como cuando los piratas, practicando su oficio, se dedicaban a asaltar a los galeones que se cruzaban en su camino. Algo así, pero sin pata de palo ni parche pero, eso si, con saqueo de tesoro. Además me estoy pensando que tal vez le deje a ella la iniciativa y es que, os confieso, soy algo tímido, timidez que heredé de mi difunto padre. Mi madre siempre me decía, sonriendo, que si mi padre no hubiese sido tan tímido, yo sería tres años más viejo ahora y todo después de tres hijos. En confianza, hoy agradezco que mi padre no fuese tan lanzado y me escatimase años, llevo mal eso de cumplirlos.
Pero vamos a centrar el tema y vayamos a las novedades que, con tanto circunloquio, me pierdo por las ramas. Comentaba que ha habido una novedad y una novedad interesante. Resulta que el sábado por la mañana salí de casa a comprar el diario y los cruasanes para el desayuno de la pluralidad familiar. Vaya por delante que la compra de cruasanes para el desayuno sabatino de casa es una operación delicada. Mi hija pequeña los quiere de chocolate argumentando que ella aún no sufre los “rigores del sobrepeso que acechan a los mayores” (sic). La mayor los quiere integrales pero rellenos, eso si, de salchicha. A la madre de las niñas le gustan de miel es decir, brillantes y esponjosos. Y a mi, que también tengo criterio propio, me gustan los cruasanes de toda la vida, de mantequilla, cornudos y, a poder ser, recién hechos. Podéis imaginar que con tanta variedad ya he trabado una amistad con la “cruasantera” a pesar de que mis visitas se circunscriben los sábados por la mañana. Bien, pues estaba yo departiendo con la pastelera haciendo tiempo para que salieran mis cruasanes del horno, cuando por la acera justo enfrente de la pastelería, la he visto a ella, a la morena. Si bien he salido sin lentilla de casa, he sabido que era ella por sus andares, por ese movimiento lleno de ritmo que conozco tanto. El corazón me ha dado un vuelco pensando en que el destino nos había puesto a residir en el mismo barrio ¿Será una señal? Total que decidí ir al gimnasio sin la compañía de mi pareja para que el "encuentro" con la morena pudiese ser más íntimo... pero ¡que decepción! No estaba. En fín , después de ejercitarlo todo menos los músculos oculares, volví a casa con la esperanza que la semana que entra no fuese lo que se dice es, "Santa".
Selección (de) personal
Andamos en la empresa de selección de personal y, como no podía ser de otra manera, me ha tocado el turno de elegir una secretaria (eufemísticamente llamada “colaboradora”). Como parece ser que lo que hoy en día se valora es el dominio de los idiomas por mucho que el territorio de la actividad se circunscriba al propio, en la oferta de empleo, solicité que hablase correctamente los dos idiomas presuntamente oficiales en mi Comunidad Autónoma más nociones de inglés y francés por aquello de acotar la selección. Para el lector y lectora despistada, cuando hablo de “francés”, en este caso me estoy refiriendo al idioma, ya que si llego a solicitar el tipo de habilidades que se supone acompañan al “francés”, no hubiese puesto en la oferta “nociones” sino “usuaria avanzada”. La verdad es que recibí alrededor de doscientos currículos que pretendían cumplir los requisitos exigidos. Tras una primera criba en la que fueron eliminados todos los varones, las menores de edad –entendiendo como tales las que estaban por debajo de los 35 años-mujeres con hijos pequeños, casadas en edad de procrear y similares, quedaron quince finalistas a las cuales entrevisté personalmente para saber de su aspecto real y de su olor ya que además de poner la foto de los “domingos” lo que resta fiabilidad a la imagen real, las técnicas actuales te impiden saber a qué huele, en su caso, la candidata. Particularmente soy muy sensible a determinado tipo de olores. Para hacerlo breve, después de una semana de repaso a las aspirantes (en el sentido profesional de la palabra) me quedaron tres. Las tres con iguales méritos, similar aspecto, edad parecida y situaciones socio-familiares análogas por lo que el decantarme por una u otra debía fundamentarse mas en criterios de intuición que empíricos. Así que decidí dar una segunda vuelta a las pretendientes esta vez haciéndome acompañar en la entrevista por la máxima autoridad de la Empresa es decir, la dirección general.
Más o menos la conversación con la que fue elegida finalmente la candidata, luego sabréis el porqué, se desarrolló de la siguiente manera:
- ¿Y de idiomas qué tal?
- Ah! Pues como mi padre era un diplomático inglés y mi madre era francesa, los dos idiomas los domino a la perfección desde la cuna. Luego, como mi padre fue destinado en la embajada de Gran Bretaña en Barcelona, fui a un colegio donde la lengua vehicular era el catalán y lo aprendí perfectamente, así como el castellano (español). Durante el bachillerato me apunté a clases de japonés por lo que ahora, después de tantos años, tengo un nivel como cualquier nativo de aquél país. Cuando mis padres se separaron, acabando yo el bachillerato, mi padre se emparejó con una china y mi madre con un ruso, por lo que no tuve otro remedio que aprender los dos idiomas y, en la actualidad, me comunico a la perfección con las respectivas parejas de mis progenitores. También les diré (y esto me causa un poco de vergüenza) que mi primer novio era árabe y me enseñó todo lo que sabe de su lengua. Pero no me casé con él sino que años después, me enamoré de un cingalés que acababa de llegar a Barcelona y, como supondrán, tuve que esforzarme en aprender su idioma...
Escuchando boquiabiertos el impresionante currículo lingüístico de la que ya consideraba mi colaboradora, solo acerté a apostillar y a preguntar,
- ¡! Impresionante ¡! ¡! ¿Y en qué piensas? ¡! –inquirí ávido por saber cómo funcionaba aquél privilegio de mente.
- ¿Yo? –respondió ella esbozando una maliciosa sonrisa- ¡! Pues en follar como todo el mundo ¡!
Después de este episodio en el que habréis entendido mi (sabia) elección os contaré, ya que he visto a muchas (y alguno) interesados por el incipiente ligue del gimnasio, os comentaré que ayer miércoles que tocaba vitalizarme, no encontré a la morena en cuestión. Estad atentas que en cuanto se presente alguna novedad os informaré de mis avances en el tema. Espero encontrarla el sábado o mañana viernes tarde que me acercaré, con ilusión renovada, a los “potros de castigo”.
Muscular y ligar, todo es empezar (I)
Lo sabía. Tenía que ocurrir más temprano que tarde y ha sucedido al igual que la primavera sigue al invierno y que las mariposas polinizan las flores, el que ligase en el gimnasio era cuestión de días. Es lo que le sucede a un diamante en bruto lo vas puliendo poco a poco pues resulta que al final, todo el mundo lo desea y hay alguien que se adelanta a todas las demás para quedárselo. Pues eso me ha sucedido a mí pero en el ejercicio muscular . Tanto abdominal por aquí, tanto fortalecer glúteos por allá que al final una morena de ojos negros, sonrisa va, sonrisa viene a la luz del neón, entre el acero de los aparatos del gimnasio y las gotas de sudor, pues parece que le he gustado y yo, que soy débil para estas cosas, me dejo gustar. De momento la cosa acaba de empezar y estamos en los escarceos preliminares del reconocimiento mútuo, en la distancia. Ya os iré contando a medida que se desarrollen los acontecimientos pero, de momento, la primavera, promete ser de lo más cálida.
Espejo oscuro ( y II)
Los puntos de referencia de aquél ambiente, luces y sombras, le llevaron a la única conclusión posible. Él era la claridad que existiría mientras sus pasos se encaminasen hacia delante aunque eso supusiese dar vueltas en círculo durante toda su existencia. Asumió el riesgo. Era mucho mejor eso que ser fagocitado por una enorme mancha negra. Caminó sin parar durante horas, tal vez días, posiblemente semanas, sin sentir hambre, sed o cansancio. Aquél reto de un paisaje sin horizonte le retroalimentaba. Anduvo titubeante al principio, después, cuando sus muslos se reafirmaron en aquél mundo inhóspito, con paso firme, luego, cuando la ansiedad se apoderó de él, empezó a correr dejando estelas luminosas como estrellas fugaces en el camino ya recorrido. Era tanta la necesidad que sentía en llegar a algún sitio que no se percató que sus piernas avanzaban con mayor lentitud no por un agotamiento que no tenía, sino a causa de la húmeda densidad que había transformado el ambiente en una viscosidad por la que era difícil adelantar. Hasta llegar a un punto en que le fue imposible avanzar. Allí estaba, frente a una pared impenetrable en un desconocido momento de su existencia. Fue entonces cuando ocurrió.
Un fogonazo luminoso que provenía detrás de aquél muro le hizo cerrar instintivamente unos ojos que durante mucho tiempo se habían acostumbrado a navegar en la oscuridad. Pasaron diez minutos sin que pudiese abrirlos. Sin que se atreviese a abrirlos presa de un irracional miedo a conocer su situación cuyo final intuía próximo. A medida que sus ojos se acostumbraron al torrente de luz, los fue abriendo. Lo que antes era una muralla inexpugnable, apareció ante él como una fina, aunque resistente, lámina dúctil y transparente. A través de ella pudo ver el contorno de una figura que fue haciéndose más nítida a medida que se acercaba a ella. Las líneas de la silueta se hicieron diáfanas y supo que era Él a quién estaba viendo tras aquella especie de membrana transparente. Pegó su cara a la piel del ojo como si eso diese sentido a lo que estaba viendo, al terror que sentía cuando de repente recordó haberle dicho a Ella, mirándola fijamente: “quiero bucear en la profundidad abisal de tus ojos hasta alcanzar la cima de tu alma”. Justo en el momento en que, descuidadamente, frotaba la lámpara de Aladino .
Espejo oscuro (I)
Inspiró profundamente como si quisiera tragarse la oscuridad que lo envolvía. No entendía qué hacía en aquél lugar en el que la única luz era proyectada por su cuerpo mientras trataba de recuperar la memoria reciente intentando saber qué le había llevado a esas tinieblas, quién era antes de llegar allí. Todo en vano. Lo único que acudía a él, era el recuerdo de sus sentidos, sensaciones que hablaban con él, diciéndole que la negrura le era familiar, extrañamente conocida, tanto como el cerrado silencio que se colaba en sus oídos o el olor a tinieblas que aspiraba su nariz. Se incorporó, o eso le pareció, dando unos pasos en aquél espacio sin firme ni cielo. Al hacerlo, vió que algo especial estaba ocurriendo en aquella atmósfera que se le antojó circular. Si avanzaba, la luz de su cuerpo se hacia más intensa. Si hablaba, su boca articulaba las palabras pero la oscuridad le devolvía su mutismo. Eso le hizo temblar, por primera vez, de auténtico desamparo. Casi en un acto reflejo desandó lo andado frenando en seco su acción al comprobar, horrorizado, que a medida que se retrasaba en el camino, su imagen era engullida por las sombras hundiendo al espacio en una gran mancha negra, espesa, muda, sin vida.
Temperatura glacial
Viene una ola de frío. Voy a aprovechar para tender mis sentimientos en la cuerda de tu indiferencia para ver si se enfrían.
Si me pierdo
Si me pierdo y os apetece encontrarme, estaré dentro del colchón de mi cama. No por las razones 'románticas' que estaréis pensando en este momento, sino por otras más mundanas. Resulta que me he comprado un colchón de viscoelástica (o viscolástica según versiones) que se adaptan a la forma del cuerpo por el calor que éste desprende. A mayor calor más se hunde el cuerpo en el colchón por lo que no sería de extrañar que, dada mi alta temperatura corporal, mi próximo destino estuviese ahí, en el fondo de un colchón.
Haciendo la ola
Hoy en casa ha sido un día grande, tanto que, los cuatro miembros de la familia, nos hemos puesto en el pasillo de casa para hacer la ola. Hasta Margarita, la doméstica de casa, se ha arrancado con una chacarera presa de una alegría rayana en el paroxismo. Y es que hoy, después de cuatro semanas, han acabado de instalar el parquet. Mientras el hombre que ha convivido con nosotros durante esas cuatro semanas, interrumpiéndome la hora de la siesta con el ruido de la sierra, llenando de polvo toda la casa haciendo inútil el trabajo de Margarita, compilando útiles de trabajo por pasillos, habitaciones, lavabos, acotándonos al mínimo el espacio vital familiar, cruzaba por delante de nuestro indisimulado regocijo, me ha parecido percibir como resbalaba una lagrimita por su rostro. Es entonces cuando, puestos en pie (doméstica incluída) hemos prorrumpido en aplausos, fundiéndome con él en un abrazo al cruzar la puerta de casa por última vez. Y es que hasta los instaladores de parquet deben tener su corazoncito.
Bi 'sesoalidad'
La naturaleza humana está hecha a semejanza del Universo y por lo tanto es dual. En ella se conjugan las dos partes que siempre están presentes en el Cosmos. Bien, mal; frío, calor; arriba, abajo; infierno, cielo; dulce, amargo; luz, oscuridad; bello, feo y, por supuesto, masculino, femenino. El hombre y, en contraposición, la mujer encerramos individualmente las esencias de ambos. Ello nos lleva a la conclusión que machos y hembras somos bisexuales, es decir, estamos en disposición de sentir atracción por individuos del género contrario o por los del propio. Esa verdad universal es aceptada de buen grado cuando se trata de la bisexualidad de las mujeres, pero es comúnmente rechazada cuando nos referimos a la de un hombre. Y por unos conceptos del todo machistas ya que el varón es tan bisexual como la mujer. Se admite la bisexualidad de la mujer porque el hombre que las conquista (normalmente la hembra bisexual suele emparejarse con un macho) sabe que ha sido el mejor, no sólo en su género, sino también en el otro. Vamos que entre todas las posibilidades que su pareja tenía para elegir, un potencial cien por cien de la población, lo ha elegido a él y eso proporciona satisfacción al macho. Si a eso añadimos que las posibilidades de realizar una de las fantasías más extendidas entre los varones, el trío amoroso, es más factible, la bisexualidad femenina es vista como un “premio” para el hombre. Pero del mismo modo que es celebrada entre los varones y las mujeres, la bisexualidad masculina no, hasta el punto de negar su existencia. El hombre cuando se empareja, o lo hace con alguien del género contrario o con el del propio. La alternancia en las preferencias por el género sexual parece que no se da en el hombre. O se es heterosexual o se es homosexual.
Resulta que el mito de Hermafrodita que se excitaba al ver su lado femenino, es impensable en los varones. Esa afirmación es totalmente falsa. Ese mono peludo o depilado que vemos en nuestras calles con sus parejas, en nuestro trabajo, en el gimnasio o tomándose una cerveza ante la televisión con sus amigos cuando juega su equipo de fútbol, es bisexual. Ese mono peludo o depilado, cuando era adolescente, masturbó y fue masturbado por sus compañeros de clase con la excusa de saber “quién la tenía más grande en reposo y en erección”. Ese ser, mis queridas señoras, que os parece tan varonil se enamoró de su compañero de universidad con la misma intensidad que se enamoró de vosotras. Ese macho que tanto os hace disfrutar con su mente, sus palabras y con su cuerpo en la cama, pasillo, debajo de la mesa o donde pille, es muy posible que encuentre atractivo a un colega de su trabajo, tanto como os encuentra a vosotras. Porque es cuestión de querer a personas, en definitiva, es un asunto de seso.
Entre la fría arena y la sal del mar (Cuento interactivo de dos y para dos)
Le gustaba pasear por la playa las noches de luna llena. Cada plenilunio, invariablemente, se sentaba a contemplar el puente de luz que la luna dibujaba sobre el mar imaginando que Ella lo cruzaba para encontrarse con El entre una lluvia de estrellas. “Allí nos conoceremos”, le había dicho, “quiero sentir el contraste del calor de tus manos al recorrer mi cuerpo, con la arena fría en mis pies. Quiero absorber el sabor salado del mar, con el dulce placer de tus húmedos besos. Sólo así, en esa particular contienda entre calor y frío, entre sal y azúcar podré mantener el equilibrio necesario cuando me encuentre a tu lado”.
Esa noche la luna brillaba con un halo especial, y el aire que al aspirar entraba por sus pulmones era embriagador como lo debía ser la dulce ambrosía para los dioses. El crepúsculo embelesaba, como una bella dama. El, tumbado en la fina arena de la playa, no cegaba en su empeño de deleitarse con la contemplación del astro lunar, en su total presencia. Perdido en esas divagaciones, de pronto fue consciente de un reflejo mayor que el de la luna, que a modo de puente parecía abrir un camino en las oscuras aguas del océano. Sinuosa, por encima de aquella lunar senda; Ella, avanzando vestida por una fino orvallo de seducción bordando su piel morena. Gotas de rocío en sus labios entreabiertos, rogando ser fundidos en maná con la calidez de los besos deseados. Con paso lento pero seguro, abriéndose camino entre las salinas aguas, cual Venus portando la capa de lluvia de estrellas, llegaba hasta El. ( Noa- )

No se atrevió a tocarla por miedo a que su condición mortal pudiese enturbiar aquella belleza divina. En ese momento supo que no era para él, no obstante siguió dejándose envolver por aquella imagen. Ella, levitaba ahora encima de la arena evitando que sus pies no entrasen en contacto con la fría arena. El mar, además, empezaba a trazar surcos en la piel de sus labios amenazando colar partículas de sal que acabarían por ensangrentarlos. Estaba claro que su encuentro, tantas veces deseado por él, había sido una fantasía tejida en el cielo por cien noches de soledad y urdida en las incertidumbres de Ella. No llegaron a mirarse a los ojos. No de la manera que El soñó. Sin pronunciar una palabra Ella se dio la vuelta, llevándose por el puente de luz de la Luna, ahora más tenue, un buen puñado de estrellas que a buen seguro Ella depositaría en otros universos.
Ella no entendía que pasaba. Había nacido en su mente, en sus ensoñaciones. El era su auténtico creador. Pero al avanzar hacia El había sentido su miedo, y había sido paralizante para Ella. Cuántas veces había ansiado que terminara de dibujarla en sus sueños, para poder crecer como una realidad ante El. Ella era suya, nunca podría ofrecer sus gotas de húmedo deseo, o el puñado de estrellas de historias por vivir a nadie más. Así que se dio la vuelta, y por el puente sobre lo que ahora eran aguas turbulentas se encaminó a la luz, hacia la luna.
El cada noche de luna llena, siguió paseando por la playa, para terminar tumbado. Allí, sobre la fina arena, terminaba quedándose dormido. Ese era el momento en que Ella avanzando por el puente de plata de rayos de luna, llegaba junto a El. Sabiéndose en su mente, en sus sueños; se conformaba con yacer junto a El en la arena y sentir su olor, su calor, su cuerpo. Al alba, después de que Ella volviera a cruzar su puente hacia la luna, una fina lluvia de estrellas de deseo que al contacto con la arena se deshacían en finas gotas de rocío, El despertaba. Calado por la concupiscente lluvia, sus dedos recorrían la silueta de un halo plasmado en la arena; y al acercarlos a sus labios tener la certeza de que era Ella. En el se esbozaba una tenue resignada sonrisa y un pensamiento: ya quedaba menos para la próxima luna llena.
Sendas desconocidas
El viejo elefante estaba cansado e intuyó que había llegado la hora de seguir la ruta que, desde tiempo inmemorial, siguieron sus antepasados en busca del descanso final. Un camino que cumpliendo una ley no escrita, debía acometer en soledad. Por eso, al atardecer, el viejo elefante abandonó en silencio la manada mirando a los suyos por última vez ahondándose en una senda por la que probablemente nunca anduvo, pero que sabía dónde estaba y cómo acababa. Quienes lo han visto cuentan que la soledad con la que avanzan los elefantes a paso más lento del acostumbrado, provoca un respeto solemne que ningún otro animal puede provocar. Es el poderío que insufla la imagen portentosa de saber aceptar el final de los días y asistir al encuentro sereno con los que le precedieron.
El viejo elefante siente cercana su muerte, algo que aún no ha vivido pero que perdura en su memoria. Sabe que se dirige al cementerio de los elefantes, al igual que los pájaros que en sus migraciones siguen una ruta no aprendida, pero marcada por el instinto de la vida desde el mismo instante del nacimiento. Morir así, reconocen algunos, es algo sublime.

Enfila su trompa al suelo en busca del recuerdo de los días vividos junto al río, de los baños en el barro, de los apareamientos, de la manada, de la vida, camina mirando como sus pasos se van hundiendo en la tierra por última vez. En esa soledad un ligero cosquilleo le saca de sus pensamientos, y le hace elevar lenta y pesadamente la cabeza hacia el cielo. Una mariposa de vivos colores y extraña belleza revolotea sobre él. Nunca había visto nada igual, apoderándose de él un magnetismo que le impide apartar su mirada de la mariposa y le dificulta seguir un camino que no sea el que le marca aquél ser de frágil y hermosa textura. Por un momento siente que sus miradas se cruzan experimentando la duda de si realmente ha llegado su hora teniendo tanta vida dando vueltas a su alrededor. El viejo elefante decide hacer suyo aquél instante y sigue a la bella mariposa por una senda tan desconocida para él como la de sus ancestros. Aún así no quiere engañarse ya que sabe que esa placentera visión no le librará de la cercana muerte, pero se irá con la certeza que en algún momento de su existencia, siguió su propio camino. Para morir con paso lento y preciso, con belleza, como en algún lugar debe estar escrito.
Cuentan que encontrarse a un elefante camino de la muerte da buena suerte y larga vida al que los mira. Tal vez por eso la vida de las mariposas sea tan efímera.
Viaje al mundo de los sueños (3ª parte ¿y última?)
Va esparciendo sus hijos como granos de mundos nuevos sobre cada frente. Hijos tan incontables como olas de ese mar de lo humano que no cesa. Llena tanto las frentes de su sombra, y de tantos designios y saberes que recordarlos luego mataría. Por eso nadie sabe cómo amarlo.
Entramos los tres a un pequeño patio a cielo abierto que era como la antesala de otro patio que, por su amplitud, debía ser el principal. Dos jóvenes con una larga túnica negra caminaban apresuradamente delante nuestro.
-¡Morfeo! ¡Fántaso!¡Esperad!- los llamó Hypnos.
Ambos se pararon en su carrera como si se hubieran topado con un muro invisible, girando su cabeza hacia nosotros.
- ¡Padre! ¡Qué alegría veros! – Sonrieron ambos al mismo tiempo y a mi me pareció que las voces sonaban al unísono.
-Mira –dijo Hypnos dirigiéndose a mi- Son dos de mis hijos. Morfeo y Fántaso. Decidme – volvió a sus hijos- ¿dónde están vuestros hermanos Ícelo y Fobétor?
-Están dentro del “triclinium” ayudando a los comensales en su viaje por las espesuras del sueño. Por cierto Asclepio, necesitaremos tu auxilio para practicar una “incubatio” .

Asclepio se unió a Morfeo y Fántaso y los tres desaparecieron por una puerta que debía ser la del comedor. Hypnos me señaló un cuarto que se encontraba a mi lado derecho diciendo que entrara ya que debía prepararme para la cena y no podía entrar vestido como iba. La verdad es que ni me recordaba que aún llevaba mi disfraz de “bonito” con americana, corbata y relucientes zapatos. El cambio era totalmente radical. “Vístete con la túnica lila”. Me metí en un pequeño cuarto donde me quité toda la ropa que, en verdad, me sobraba en aquél momento y me cubrí únicamente con la toga. La verdad es que no tenía sensación de calor, ni de frío como tampoco, extrañamente, me sentía cansado.
Entré con Hypnos por la puerta donde antes habían desaparecido sus hijos y Asclepio y nos encontramos en una gran sala en la que destacaba, al fondo, una cascada de agua que era canalizada por una tubería como de plomo hasta una fuente que presidía una mesa semicircular donde se sentaban o mejor dicho, se reclinaban, a su alrededor ocho comensales.
-Esta sala es la “Morada del Sueño”, mi auténtica casa. Aquí vienen personas como tú, que no sueñan. Asclepio y mis cuatro hijos las ayudamos a que lo hagan. Primero es Morfeo, el de los sueños profundos que nunca se recuerdan. Luego Ícelo, que rige el descanso hasta que llega Fobétor que a veces suavemente, otras de una manera más brusca, te lleva hasta Fántaso, que reina sobre el mundo de los sueños que recuerdas y dónde los dioses te envían mensajes para que se los des a Asclepio y pueda sanarte de tus dolencias.
-Eso que me cuentas se parece mucho a las fases en las que se divide el sueño –le comenté a Hypnos
-¿Pero tú te crees que los mortales habéis inventado algo? –sonrió el dios del sueño- Siéntate que ahora servirán la cena y luego estate muy atento en la sobremesa que hoy tenemos a un narrador de primera fila. Publio Ovidio.

La abundante cena se componía, o eso me dijo una tal Baco que andaba por allí, de la “gustatio” o entremeses que se componía de los siguientes platos; Moretum, Hypotrimma, Iscia de Pescado, aceitunas aliñadas a las hierbas y de frutos secos. Posteriormente nos sirvieron la cena propiamente dicha o “capvtcenae” de tres platos: ensalada de guisantes al estilo de vitelio, patina de pescado y cochinillo con puerros y garum. Por si alguien se había quedado con hambre seguimos con la “secundae mesae” o el postre en la que solo pude atacar la “Apotermun”. Regaban las exquisitas viandas vino de rosas y otro vino con miel caliente que se sirvió en la “comissatio” en la que, después de la pantagruélica comida y achispado por la bebida, casi ni me di cuenta cuando alguien me colocó una guirnalda de flores. De esa guisa nos dispusimos los que estábamos allí a escuchar la historia de Ovidio, de la que os hago un resumen a pesar de que al maestro, le costó compilarla en quince libros y trescientas sesenta y seis páginas.

“Ceix y Alcione eran el paradigma del matrimonio feliz. Nada les faltaba. Él tenía un reinado y ella procuraba que nadie le soplara el reino a su marido aprovechando que su padre era un tal Eolo a la sazón, dios de los vientos. Como la pareja eran unos exhibicionistas redomados, se dedicaban a pasear su felicidad hasta las puertas del Olimpo. Eso provocó la ira de Zeus y Hera, los jefes de todos los dioses que decidieron infligir a los tortolitos un castigo ejemplar. Así que llamaron a Hypnos para que le diese un recadito a Ceix a través de los sueños. Hypnos, como jefe del departamento de los sueños, encargó a uno de sus hijos, Morfeo, que atormentase con pesadillas a Ceix. Podéis imaginaros la pesadilla en cuestión. En el sueño Alcione, dejándose acaramelar por el dios más golfo de los que han existido, Eros, se enamoraba de un lindo varón con el que retozaba pesadilla si (para Ceix) y pesadilla también. Como el rostro del amante de la fantasía no acababa de verse y Alcione insistía una y otra vez en su inocencia hasta el punto de rogar a su marido que fuese a preguntar al oráculo, el virtualmente cornudo marido decidió emprender un viaje hasta Claros para consultar al profeta. No uno cualquiera, sino al del mismísimo Apolo. Como el lugar debía estar lejos y con mar de por medio, zarpó a la búsqueda de respuestas que calmasen su inquietud y limasen su cornamenta. Pero como había desatado la furia de los dioses y Ceix ya no gozaba de la protección del viento, una terrible tormenta hizo naufragar su nave muriendo ahogado.
Alcione no se enteró de la muerte de Ceix ya que, en aquella época, las comunicaciones no eran como las de nuestros días. Así que vió como pasaban los días sin que regresase su marido a pesar de que cada día se acercaba a los altares de la diosa Juno para pedirle el regreso de Ceix. Los dioses que de vez en cuando también son magnánimos, decidieron acabar con la incertidumbre de Alcione y, de nuevo, llamaron al intermediario, Hypnos para que le comunicase el trágico suceso a través del sueño. Así lo hizo y se cuenta que Alcione enloqueció de dolor arrojándose al mar en busca de su querido Ceix trasformándose ambos en aves, unos dicen que en martín pescadores, otros en gaviotas. Existe una versión romántica y por tanto con la que yo me quedo, acuñada por Robert Graves, que explica que ahora, cada invierno, la martín pescadora lleva a su macho muerto con grandes lamentos a su entierro y luego construye un nido muy compacto con las espigas de la ortiga de mar, lanzándolo a él, poniendo allí sus huevos y empollando a sus polluelos. Eso lo hace en los llamados Días del Alción, es decir, los siete que preceden al solsticio de invierno y los siete que le siguen, días en los que, el dios Eolo, prohibe a sus vientos que agiten las aguas.”

Cuando Ovidio terminó el relato los comensales se fueron retirando uno a uno. No. Se retiraban en parejas a otras estancias de aquella gran mansión.
-Es la hora de venerar al dios Eros – me informó Hypnos – Tú también debes hacerlo, no hay que contrariar a los dioses – sonrió abiertamente mi dios de los sueños – Además es mi hermano y te tratará bien.
-¿Eros hermano tuyo? – Comenté incrédulo.
-Si. Somos tres hermanos, Tanatos, Eros y yo. Y cada uno de nosotros, por si no te habías dado cuenta, dominamos el mundo de vuestro inconsciente, del abandono del “yo” de los mortales. Acompañamos a ese “yo” hasta dónde debe ir… hacia la muerte plácida, hacia el mundo de los sueños o hacia la “pequeña muerte”… hacia lo desconocido que es nuestra posesión – y volviéndose hacia mí me dijo- Ves, entra en esa sala que te está esperando Afrodita. Te hará un masaje relajante que, curiosa y contradictoriamente, no olvidarás nunca.
Hypnos me hizo un ademán con la mano como de despedida apremiándome a que entrase en la Sala. Lo hice y allí me encontré con Afrodita una preciosa mujer de cabellos negros, lacios y largos, vestida con lo que a mi me pareció una “túnica tanga” (no esperéis descripción alguna porque no os la pienso dar) y que me sonreía a la vez que abría sus enormes y oscuros ojos en los que me hubiese colado a la búsqueda del tesoro que escondían sus profundidades. Suavemente, sin tocarme apenas, me despojó de la túnica dejándome la piel como única cobertura. Curiosamente no me sentí extraño en esa situación, ni presa del pudor aún dándome cuenta de que algo en mí empezaba a despertar. Me cogió de la mano llevándome hacia un gran colchón cubierto por sábanas de seda rojas, haciéndome estirar en él boca abajo. Fue entonces cuando ella se despojó totalmente de su “túnica tanga” adquiriendo aquella igualdad conmigo, que tanto me gusta en las lides íntimas. Desnudarse era parte del ritual del masaje. La piel debe chocar enteramente contra la piel. Músculo contra músculo. Mezcla de alientos. Fusión de sentidos. Afrodita, sentada en cuclillas sobre la parte trasera de mis muslos, empezó a embadurnarme la espalda con aceites de aromas para mí desconocidos hasta entonces. Sabía que sus manos tocaban, acariciaban mi piel, porque el aceite se extendía lentamente por mi dorso. Los hombros se hicieron resbaladizos, prestos para que las manos de Afrodita se acercasen a zonas de mi cuerpo que esperaban anhelantes. Parecía no tener prisa y, aunque mi excitación iba en aumento, yo tampoco la tenía prefiriendo aquél estado de bienestar que me embargaba a una rápida conclusión. Cuando me tuvo la espalda bien embadurnada con aquél aceite fueron sus pechos los que la masajeaban. Notaba como sus pezones, endurecidos y firmes, se deslizaban por mi espina dorsal Una nueva ola de placer rompió en la playa del interior de mis muslos haciendo que mis nalgas,, en un movimiento reflejo, acrecentasen su posición supina ofreciéndose a la conquista de las manos y del cuerpo de Afrodita. Consciente de mi pérdida, la mujer diosa continuó con la segunda fase de su masaje. Bajó las manos desde el final de la espalda, hasta las nalgas, llenándolas de aceite, lubricando especialmente aquellos lugares donde era difícil el acceso. Siguió por los muslos y, en un descenso que se me antojó rápido, llegó a los pies donde ahora, su boca y su lengua, eran los pinceles que humedecían los dedos de mis pies. Permaneció allí durante largo rato, llenándome de su saliva, amasándome las plantas, engrasándome los intersticios existentes entre los dedos para luego pasar su lengua entre ellos… Me sentía arder y notaba como si me daba la vuelta para penetrar en ella, explotaría sin remedio… Fue entonces cuando Afrodita volvió a mi espalda para volver a iniciar un masaje en el que sus manos si que se hicieron evidentes. Tamborileaban cada vez más fuerte sobre ella… cada vez más y más fuertes… Hasta que escuché un chasquido que me fue muy familiar:
Ggggrrrruiiiiiiigggggggggg….. uuuuuuuuujjjjjjjjjjjjjjmmmmmmmmmmmm
Abrí los ojos justo en el momento en que el avión tomaba tierra en el aeropuerto del Prat de Barcelona. A mi lado escuché la voz de mi pareja que me decía:
-¡Por fín! ¡Te has pasado todo el fin de semana durmiendo!
Sonreí, no sin cierta decepción (comprensiblemente) porque mi particular viaje al mundo de los sueños había finalizado…Mis manos sujetaban un folleto de un museo que se encontraba en un pueblo de la provincia de Córdoba, Almedinilla , en él se podía leer una frase de Homero:
“El sueño, señor de todos los dioses y de todos los hombres”
Viaje al mundo de los sueños (2ª parte)
“Pobre no es el hombre cuyos sueños no se
han realizado, sino aquél que nunca sueña”
Marie von Ebner-Eschenbach.
Fue una milésima de segundo. Abrí los ojos y no daba crédito a lo que veía. ¿Qué estaba ocurriendo allí, en aquella sala de conciertos? A mi alrededor cientos de cuerpos inertes con los ojos cerrados, se reclinaban en sus butacas. En el centro del escenario, la orquesta que instantes antes atacaba vehementemente las notas de “La Patética”, yacían inclinados sobre sus instrumentos. Resultaba grotesco ver a los músicos sobre el violonchelo o el tambor. El silencio lo inundaba todo. El silencio y mi desconcierto al no saber qué estaba ocurriendo. Sobre mi hombro descansaba la cabeza de mi pareja que, instantes antes, se concentraba vivamente en la sonata. Es como si sobre aquella Sala se hubiese derramado un gas que hubiese acabado con todas aquellas personas ¿Y si era un gas letal? ¿Y si realmente estaban todos muertos por la acción de un gas venenoso? ¿Muertos y qué hacía yo vivito y coleando? La peor de las ideas avanzaba en mi mente cuando intenté, sin ningún éxito, despertar o reanimar a mi pareja…
- Están dormidos. No te preocupes- oí nítidamente una voz a mi espalda
Me giré y vi una figura no muy alta, de aspecto infantil y completamente desnuda. A pesar de eso me costó saber que era varón. Sobre su cabeza se desplegaban unas pequeñas alas, en su mano derecha sujetaba lo que me pareció un pequeño cuerno y en la izquierda una especie de flores bulbosas de color violáceo.

- Despertarán – continuó diciendo aquél curioso ser – Ahora deben dormir.
- ¿Quién eres tú?
- Soy Hypnos, dios del sueño. También me llaman Somnus. He hecho dormir a toda la Sala con mi flor de adormidera – hizo un gesto alzando su mano izquierda mostrándome el ramillete de flores liláceas.
- ¿Y por qué no me has dormido a mí? Me hacía mucha falta…
- A ti no te hacía falta dormir –me cortó- A ti te hace falta soñar –sentenció- Por eso estoy aquí, para ayudarte.
Si conseguía lo que estaba diciendo, realmente aquél personaje debía ser un dios. En cualquier caso y a pesar de lo extraño de la situación, las palabras que había dicho no me parecieron pronunciadas por ningún demente, así que decidí continuar con aquella conversación.
- ¿De veras me vas a ayudar? ¿Cómo lo piensas hacer?
- Recuerda que estás hablando con un dios –dijo sin enfadarse- Y un dios poderoso que hace de intermediario entre los otros dioses y los mortales. El único dios capaz de eso… Pero eso te lo iré contando por el camino. Ahora debemos salir de este lugar.
- ¿Dónde vamos?¿Dónde me llevas?
- A mi morada. No está lejos. A unos cincuenta quilómetros de aquí, según vuestras medidas. A un aliento en la distancia de los dioses.
Salimos del Auditorio Manuel de Falla camino de un hogar que imaginaba en las nubes y lleno de columnas. O al menos así se dibujaba el Olimpo de los dioses en los libros de historia antigua. Por el rabillo del ojo observaba el caminar nervioso de mi dios particular que ahora se concentraba en aquella especie de cuerno que sujetaba en su mano derecha. Fuera del recinto, en los jardines que rodean La Alhambra, alzó sobre su cabeza el cuerno haciendo salir de él una espesura negra, llena de pequeños puntos luminosos que rápidamente se evaporaban hacia el cielo.
- Es la Noche –dijo- Mi madre. Desde el principio de los tiempos cada vez que se pone el Sol alzo mi mano derecha para que la Noche llene de oscuridad la Tierra. Es entonces cuando, con la otra mano, agito ésta flor y os hago dormir.
- No estás teniendo mucha suerte conmigo –le dije con sonrisa medio burlona.
- Como te he dicho antes, tu problema no es dormir. Es soñar. Y tengo el remedio adecuado – y ofreciéndome su espalda me dijo- Sube y cógete de las alas de mi cabeza. Llegaremos en un aliento.

Con solo tocar las alas de su cabeza me vi trasladado a otro lugar que, para mi sorpresa y no sin cierta decepción, no estaba rodeado de nubes ni cargado de columnas. Era una gran villa dónde reinaba una gran actividad a pesar de lo avanzado de la hora.
- Antes vivía en el “Hades” –me explicó Hypnos cuando nos encontramos frente a la entrada de la residencia- pero era un lugar donde no llegaba la luz del sol y, la verdad, como me gusta ir desnudo pedí a los dioses que me trasladaran a un lugar donde pudiese ver el Sol. Así que me transportaron aquí dónde todos me hacen ofrendas y me veneran. Por suerte pude traerme a toda mi familia, menos a mi hermano gemelo Tánatos, que se quedó a vivir en el “Hades”. Sólo viene de vez en cuando a visitarnos por si puede echarnos una mano a mi y a mi socio.
- ¿Pero tienes un socio? - pregunté extrañado-
- Asclepio, dios de la Medicina. Mira –dijo señalándome la puerta de la residencia- viene a saludarnos.
Un hombre maduro de cabello rizado y aspecto venerable que portaba un báculo en el que se retorcía una serpiente se acercó a saludarnos.
- Bienvenido a casa Hypnos. Os estábamos esperando –y dirigiéndome una mirada sonriente continuó- La verdad es que tenía ganas de conocer a ese mortal tan recalcitrante con los sueños. Pasad dentro y empezaremos con la “incubatio”.
Viaje al mundo de los sueños (1ª parte)
“Los sonidos se van. Desaparecen casi sin darse cuenta. Como el aire. Comienzan a moverse otras imágenes no ya del mundo sino de lo otro donde no existe ley de gravedad. Es la transformación donde ahora rige la sensitividad, la vida misma. No una ficción sino una verdad más. Una verdad mayor. Un más si mismo. Un mal dibujo de lo que yo soy cuando digo que soy ‘Entre Líneas’. Cuando me digo yo. Y abro los ojos.”
Había pasado una semana horrible. El insomnio se cebó especialmente en mí y acumulaba cansancio para el fin de semana. Además, la ausencia de sueños, acrecentaba ese malhumor desganado enemigo de cualquier iniciativa que me planteasen. En esas circunstancias llegué al viernes, en esas y en un creciente nerviosismo ante la perspectiva de tener que coger el avión esa misma tarde para dirigirme, en cita casi obligada por mi pareja y ordenada por mi conciencia, a Granada. Reconozco que no me gustan los aviones, no porque se pueda tener un accidente del que probablemente no saliese vivo. No es por eso ya que a fin de cuentas ni me iba a enterar del momento del tránsito del mundo de los vivos al de los muertos. No, la razón es mucho más prosaica porque imagino que mi cuerpo, tras un accidente aéreo, quedaría irreconocible y sus trocitos esparcidos en un radio más o menos amplio. Me causa un espanto terrible pensar que a la hora de recomponer los pedacitos que encontrasen de mi para entregar el cuerpo, o lo que fuese, a mis deudos, se hubiesen equivocado al juntarlos y los hubiesen ensamblado, por poner un ejemplo, con alguien indeseado para mí. Un inspector de hacienda a punto de jubilarse, sin ir más lejos. Me veo nuestros espíritus vagando juntos toda la eternidad. La mitad del espíritu me lo fiscalizaría todo, hasta las cuentas con el “más allá” que es algo que debe fastidiar un montón. No podría largarme de “valkirias”, ni comprarme un paraíso, al no poder justificar ingresos para semejantes dispendios. A pesar de esas especulaciones, el peso de mi conciencia que recordaba el estado de abandono en el que tenía a mi pareja y la ingestión de una pastilla de “sumial10” , pudo más que mis temores y me decidí, casi arrastrándome por los hangares del aeropuerto de Barcelona, a coger el vehículo aéreo que me llevaría a una eternidad que estaba en manos de la pericia o impericia del “cesei” patrio .
Lo cierto es que el vuelo fue de lo más tranquilo, el “pelotazo” de tranquilizante hizo efecto, sin más turbulencias que las del aterrizaje en el aeropuerto de Granada dónde soplaba un viento frío que venía de Sierra Nevada. Eran las seis de la tarde. Estaba deseando llegar al hotel para acabar mi particular aterrizaje en la pista corta de la cama y dormir todo el fin de semana. Craso error el mío.
- Nos vienen a buscar unos amigos, cariño.
- ¿De veras? – esbocé una sonrisa tonta, sin apenas darme cuenta que mi pareja iniciaba el “programa” que me tenía preparado para el fin de semana.
- Si. Por cierto, esta noche nos han invitado a un concierto en el Auditorio Manuel de Falla . Ya sabes el que está en el recinto de La Alhambra ¿A qué es fantástico?
- ¡Maravilloso! – dije con un entusiasmo que hubiese animado a permanecer en la tumba a cualquier muerto que pudiese escucharme-Oye ¿y quién toca?- intenté disimular con una pregunta mi desinterés.
- ¡Ah, no sé! ¡Pero puede estar bien ¿A qué sí?! Luego iremos a cenar y después…
Ya no quise escuchar mucho más porque, por lo visto, en el programa de actividades no aparecían conjuntamente los términos “cama” y “dormir”. El concierto empezaba a las nueve de la noche y, como iba el “todo Granada”, había que vestirse para la ocasión. Con americana, corbata y, por supuesto, zapatos brillantes. A mi me fastidia vestirme de uniforme los fines de semana, pero no protesté gracias a que aún me duraba el efecto de pastilla, lo que me hacía estar en un estado de “semi-estupidez” ingrávida, y que la conciencia amenazaba con acabar con esa placidez de me invadía.

El festival se llamaba “Rajmáninov” y se interpretaban piezas de Mikhail Glinka, el ínclito Sergei Rajmáninov y Piotr Ilich Chaikovsky. No estaba mal pero, con el cansancio que arrastraba, dudaba mucho llegar despierto a la “Patética” de Chaikovsky llena de notas que invitaban al abandono de los sentidos previo cerramiento ocular. Eso iba a significar para mí caer en el más profundo de los sueños… Aguanté sin cerrar los ojos más allá del descanso aunque confieso que hice un amago, incluso doblando la cabeza, cuando el pianista atacaba el “alegro ma non tropo” del concierto para piano y orquesta núm. 3 en Re menor de Rajmáninov. Mi resistencia llegó a su límite justo en la última pieza. Cuando se interpretaba la Sinfonía “Patética de Chaikovsky”. Entrando en el “Finale. Adagio lamentoso-Andante” cerré los ojos. Fue un instante, no más allá de una milésima de segundo, pero al abrirlos me encontré sumergido en un particular viaje al mundo de los sueños.